Lila, Alfonso y los pequeños se quedaron hospedados en un departamento de la ciudad, cerca al hospital. El lugar era amplio y cómodo, con una vista que daba a las luces nocturnas. Alfonso estaba un poco angustiado por el avance sistemático de la maldición dentro de la manada. Se recostó en el sofá, mirando el techo con la frente arrugada, como si el peso de toda la responsabilidad cayera sobre sus hombros.
—Parece que no tiene retorno, Lila. Cada día los síntomas son más. Y yo… yo no sé cómo de