La mañana siguiente llegó con una calma engañosa. Lila estaba junto a la cuna de sus pequeños, sentada en la silla de alimentarlos. Aren y Aria comían plácidamente, sus respiraciones eran suaves y sincronizadas. Ella los acariciaba con delicadeza, sonriendo al ver cómo sus manitas se movían mientras comían.
Alfonso entró en la habitación con el ceño fruncido. Su mirada se posó en los ramos de flores que adornaban la mesa y las ventanas. Uno de ellos, con un aroma fuerte, le provocó un estornu