CAPÍTULO 60 Hay que romper la maldición.
Lila ni siquiera esperó a que amaneciera. Apenas abrió los ojos y sintió el peso de su vientre, ya estaba de pie, moviéndose con cuidado por la habitación. El cansancio de la noche anterior aún le pesaba en los huesos, pero la urgencia era más fuerte.
Alfonso estiró el brazo en la cama y se encontró con el espacio vacío. Se incorporó de golpe, y el corazón se le aceleró de inmediato.
—¿Lila? ¿Dónde estás?
Saltó de la cama, alarmado, y justo entonces ella salió del baño con el cabello envuelto