Alfonso levantó la cabeza con esfuerzo al oír la voz de Lila. Cuando sus ojos se posaron en ella —atada a la silla, pálida, con las manos temblando sobre su vientre abultado—, algo dentro de él se rompió. A pesar de estar en forma humana, un rugido gutural y salvaje brotó desde el fondo de su garganta, reverberando en las paredes húmedas del sótano.
—¡Suéltala, maldito imbécil! —gritó, tirando con furia de las cadenas que lo mantenían sujeto a la pared.
Alejandro sonrió desde su lugar, con esa