La madrugada los venció por puro agotamiento. Ninguno de los dos quiso hablar más. Alfonso se recostó en el borde de la cama, aún vestido, y Lila se quedó en el lado opuesto, dándole la espalda. El silencio fue su único acuerdo.
Cuando Lila abrió los ojos, la luz gris de la mañana se filtraba por la pequeña ventana enrejada. Parpadeó confundida al sentir un calor extraño bajo su mejilla. Su mano descansaba sobre un dorso desnudo y firme. El pecho de Alfonso subía y bajaba con calma. En algún mo