La puerta de hierro se cerró con un golpe seco que reverberó en toda la habitación. Lila se lanzó contra ella, golpeándola con los puños cerrados.
—¡Déjame ir, carajo! ¡No quiero estar más encerrada! ¡Alfonso!
Sus golpes eran desesperados, inútiles. Lágrimas de rabia le corrían por las mejillas mientras seguía golpeando hasta que los nudillos le dolieron.
Arriba, Alfonso podía escuchar cada golpe, cada grito ahogado. Se detuvo en medio del pasillo y resopló con resignación, pasándose una mano p