El martes por la mañana, Isabel estaba completamente sumergida en su trabajo. Se sentía dueña de su universo, sentada en su despacho en casa, analizando las métricas de una campaña digital para un cliente importante. Estaba concentrada, con esa calma profesional que era su seña de identidad.
A las once y media, su teléfono, puesto en silencio sobre el escritorio, se iluminó con una llamada entrante. El nombre Jared apareció en la pantalla, y la armadura de profesionalidad de Isabel se desintegró