El silencio que siguió a las palabras de Eleonora no fue un simple silencio. Fue un vacío, un agujero negro que absorbió todo el aire, toda la música, todo el murmullo del gran salón del Club de Yates. Cientos de pares de ojos, antes distraídos por el champán y las conversaciones triviales, ahora estaban fijos en su mesa, en ella. Eran como focos, calientes y acusadores, esperando verla romperse, esperando el drama, la lágrima, la huida.
Isabel sintió la mano de Jared apretar la suya bajo la me