El sábado por la mañana, Isabel se encontró sonriendo frente a su armario. La pregunta ya no era qué armadura ponerse, sino qué versión de sí misma quería ser hoy. Optó por unos shorts de tenis blancos y elegantes y un polo azul marino. Práctica, sí, pero impecable.
Jared la esperaba en la entrada de un club de tenis exclusivo, un oasis de césped verde y arcilla roja en medio de la ciudad. Él ya vestía de blanco, y se veía atlético y relajado.
—¿Lista para la lección, agente? —la saludó con un