La luz le taladró los párpados. Su respiración era pesada. Un pitido constante le martillaba el oído izquierdo. Lo único que sentía con claridad era el peso de su propio cuerpo… y un ardor en el costado.
—¿Dónde…? —Rocco apenas susurró, la voz como papel raspado.
Intentó moverse. Fracasó.
Parpadeó lentamente. Paredes blancas. Un techo con una lámpara colgante. El olor a desinfectante. Una máquina que pitaba a su lado. Y entonces, frente a él, una figura oscura, de pie con los brazos cruzados.
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