Arianna aún tenía las manos temblorosas cuando Greco cerró la caja negra. El sonido del golpe seco resonó como un trueno en la habitación silenciosa.
Ella dio un paso hacia atrás, con los ojos clavados en la mesa.
—¿Qué significa esto, Greco? —susurró, llevándose una mano al pecho—. Esa pluma… es igual a las mías…
Greco reaccionó de inmediato. Avanzó hacia ella y la tomó suavemente de los hombros, obligándola a mirarlo.
—Escúchame, amore mio. —Su voz era grave, firme, pero contenía un tinte de