La Villa de Morozov y Ekaterina, a pesar de su opulencia, irradiaba paz. Ekaterina estaba recostada en un sofá de terciopelo, la luz dorada de la tarde acariciando su rostro y el prominente vientre de siete meses. Morozov estaba arrodillado junto a ella, su gran mano cubriendo la piel cálida donde su hija se movía.
—Ahí está, mi tsvetok (flor) —susurró Morozov a la panza, con su acento ruso más suave que nunca—. Tu papá está aquí, esperando a que salgas para enseñarte el mundo. Eres fuerte, como tu madre. No dejes que te convenzan de ser una bailarina, ¿eh? Mejor una gran estratega, como tu mamá
El vientre de Ekaterina se agitó con un movimiento brusco. Ella sonrió, acariciando la cabeza de Morozov.
—¡Ves! No quiere ser estratega. Quiere ser bailarina, como yo. O una pintora. Es un alma sensible, Alexei.
—¿Sensible? Ha pateado mi mano con la fuerza de un caballo de guerra. Eso no es sensible, es un temperamento Morozov
Morozov se levantó y le dio un beso en la frente.
—Habland