La Villa de Morozov y Ekaterina, a pesar de su opulencia, irradiaba paz. Ekaterina estaba recostada en un sofá de terciopelo, la luz dorada de la tarde acariciando su rostro y el prominente vientre de siete meses. Morozov estaba arrodillado junto a ella, su gran mano cubriendo la piel cálida donde su hija se movía.
—Ahí está, mi tsvetok (flor) —susurró Morozov a la panza, con su acento ruso más suave que nunca—. Tu papá está aquí, esperando a que salgas para enseñarte el mundo. Eres fuerte, co