La camioneta de los Leone se detuvo en un camino polvoriento a las afueras de la ciudad, un lugar donde el silencio era tan espeso como la neblina. Los hombres de Greco bajaron a la madre de Luciana, aún temblando, con el rostro hinchado de tanto llorar. Entre sus manos llevaba la caja negra, rectangular, pesada como una condena.
Uno de los sicarios le abrió la puerta trasera con brusquedad.
—Hasta aquí llegas, señora. Tu camino lo termina otro.
Ella intentó suplicar, pero Greco, desde la dista