La camioneta negra se detuvo frente al Perla Negra. El olor a pólvora y madera quemada impregnaba el aire, y las sirenas lejanas de la policía parecían ladridos de perros que no se atrevían a entrar en ese territorio.
Greco bajó despacio, con el abrigo aún desabrochado, el rostro endurecido. Sus ojos recorrieron el panorama: botellas rotas, mesas volcadas, un par de cadáveres en el suelo cubiertos a medias con chaquetas. El humo aún se escapaba de las cortinas chamuscadas.
Dante se acercó, con