Florencia — Ático de Rubí, medianoche.
Las cortinas cerradas no lograban esconder la inquietud que reptaba por el penthouse. Rubí caminaba de un lado a otro, con el teléfono en la mano y la ansiedad pintada en el rostro. Rocco estaba sentado, copa en mano, la mandíbula tensa y los ojos clavados en las luces lejanas de la ciudad.
—No podemos dejarlo ahí, Rocco. ¡Lo van a matar! —insistió Rubí—. ¿Viste cómo lo tenía? ¡Lo destruyó! Paolo puede ser un imbécil, pero sabe demasiado.
—Greco nos está p