El sábado amaneció distinto. No hubo alarmas, ni pasos apresurados en el pasillo, ni el ruido de la radio de los escoltas en el jardín. Solo el sonido de los pájaros y el olor a mantequilla derretida.
Nuria estaba sentada en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina. Llevaba una bata de algodón suave sobre el camisón y tenía las manos envueltas alrededor de una taza de leche caliente. Le dolía un poco la zona lumbar por el esfuerzo de haber caminado desde el dormitorio, pero la sensaci