El motor del coche se apagó en el garaje con un suspiro suave, León apagó las luces y se giró hacia Nuria. El trayecto desde el restaurante italiano había transcurrido en un silencio cómodo, cargado de una electricidad que a ninguno de los dos le pasaba desapercibida. Nuria se desabrochó el cinturón de seguridad, llevaba una sonrisa que no se le había borrado en las últimas dos horas.
—Me ha encantado la cena —dijo ella, mirándolo en la penumbra del coche—. Gracias.
—Ha sido solo el principio.