Mover a un hombre que se está muriendo no es como en las películas, pesa mucho, se te escurre de las manos; León sentía que los brazos le ardían mientras ayudaba a dos de los guardias rusos a cargar a Konstantin por el pasillo, el viejo no se quejaba, pero hacía un ruido al respirar que ponía los pelos de punta, como si tuviera agua hirviendo en el pecho.
—¡A la habitación del fondo! —gritó el doctor Hoffman, corriendo delante con el maletín abierto, tirando gasas al suelo por las prisas.
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