Bruno Vane entró en el despacho sin llamar, llevaba una carpeta de cartón marrón bajo el brazo, de esas baratas que usan en los juzgados y una cara que León no supo leer. No era alegría, tampoco era preocupación, era esa cara de ya está, la que se te queda cuando terminas un trabajo feo.
León estaba al teléfono, discutiendo con un banco en Suiza sobre la liquidación de unos fondos, colgó sin despedirse al ver al abogado.
—¿Café? —ofreció León, señalando la jarra.
—Mejor algo más fuerte, pero so