El despacho de la directora olía a cera para suelos y a tensión contenida.
León entró sin llamar, empujó la pesada puerta de madera con firmeza, sin violencia, pero sin pedir permiso. La directora, una mujer de unos sesenta años con gafas de medialuna y el cabello recogido en un moño impecable, dio un pequeño respingo detrás de su escritorio de caoba.
Pero León no la miró.
Su atención fue directa hacia la silla de plástico pegada a la pared, Alex estaba sentado allí con la espalda recta y los b