El monitor cardíaco marcaba un ritmo irregular, que ponía los nervios de punta a todos los presentes.
Konstantin no estaba pálido sino de ese color ceniza que se le pone a la gente cuando la vida se les escapa por los pies. Respiraba haciendo un ruido feo, como si tuviera agua hirviendo en el pecho, cada vez que cogía aire, hacía una mueca de dolor que intentaba disimular, pero no engañaba a nadie.
—Bruno... —graznó, buscando al abogado con la mirada.
Bruno Vane se acercó a la cama. Llevaba una