El comedor ya no parecía un lugar de comidas familiares, sino el despacho improvisado de alguien que llevaba días sin dormir. Carpetas abiertas cubrían el mantel de hilo que Nuria había elegido con tanto cuidado y las tazas de café frío dejaban círculos oscuros.
León estaba sentado en la cabecera, con los hombros tensos y la corbata aflojada, se la desanudó del todo con un gesto brusco, como si le estuviera ahogando algo más que la tela. Frente a él Bruno Vane tecleaba en su portátil con expres