LA DIRECCIÓN PROHIBIDA

Elena estacionó frente al Edificio Los Álamos a las once y diecisiete de la mañana.

Tardó tres intentos en apagar el motor.

Sus manos no dejaban de temblar.

Había dejado a Sofía con Lucía.

— Solo una hora — mintió —. Tengo que resolver algo urgente.

Lucía había mirado su cara pálida y no hizo preguntas.

Solo asintió.

A veces, la verdadera amistad consistía en eso.

En abrir la puerta.

En recibir a una niña con una bicicleta nueva.

Y en fingir que no ves a su madre al borde del colapso.

Ahora Elena estaba ahí.

Frente al lugar donde Daniel había escondido cuatro años de mentiras.

El edificio no era lujoso.

Tampoco miserable.

Era gris.

Común.

Con macetas secas en algunas ventanas y pintura descascarada junto al portero eléctrico.

Un edificio donde nadie miraba demasiado a nadie.

El lugar perfecto para esconder una segunda vida.

Elena levantó la vista.

Cuarto piso.

Apartamento 4B.

Detrás de una de esas ventanas vivía la verdad.

Una verdad con nombre.

Con rostro.

Con un niño que tenía los ojos de su hija.

Todavía puedes irte.

La idea apareció de golpe.

Todavía podía encender el coche.

Regresar a casa.

Sentarse a la mesa con Sofía.

Esperar a Daniel.

Y fingir.

Fingir un día más.

Una semana más.

Un año más.

Como tantas mujeres antes que ella.

Como tantas mujeres que elegían no mirar porque mirar era morir.

Pero Elena ya estaba muriendo.

Lo había sentido anoche.

En el momento exacto en que leyó ese mensaje.

—Necesita a su papá.—

Salió del coche.

Las piernas le pesaban.

Cada paso hacia la entrada se sentía equivocado.

Como si su cuerpo supiera algo que su mente todavía intentaba negar.

Un repartidor abrió la puerta principal cargando dos bolsas de supermercado.

Elena aprovechó el momento y entró detrás de él.

Nadie la detuvo.

Nadie le preguntó adónde iba.

Eso la hizo sentir peor.

Qué fácil había sido entrar en la vida secreta de su esposo.

Qué fácil, aparentemente, había sido para él construirla.

El ascensor estaba averiado.

Un cartel escrito a mano decía:

FUERA DE SERVICIO. DISCULPEN LAS MOLESTIAS.

Elena soltó una risa breve.

Seca.

Casi histérica.

Claro.

El ascensor no funcionaba.

Tendría que subir por las escaleras.

Peldaño por peldaño.

Como si el edificio quisiera asegurarse de que sufriera cada segundo del trayecto.

Primer piso.

Elena podía escuchar sus propios latidos.

Segundo piso.

La garganta le ardía.

Tercer piso.

Tuvo que detenerse y apoyarse en la pared.

No por el esfuerzo.

Por el miedo.

¿Qué esperaba encontrar?

¿A una mujer deslumbrante?

¿A una seductora de revista?

¿A alguien tan perfecta que justificara, aunque fuera por un segundo, la traición de Daniel?

Elena no sabía qué sería peor.

Encontrar a un monstruo.

O encontrar a una mujer normal.

Llegó al cuarto piso.

El pasillo era estrecho.

Había una bicicleta infantil recargada junto a una puerta.

Un dibujo hecho con crayones estaba pegado a la pared con cinta adhesiva.

Una casa.

Un sol.

Tres figuras tomadas de la mano.

La del centro era más alta.

Elena sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

4A.

4B.

Ahí estaba.

La puerta beige.

El número metálico ligeramente torcido.

Una maceta con lavanda seca en el suelo.

Un detalle pequeño.

Doméstico.

Íntimo.

Como si aquel lugar no fuera un escondite vergonzoso.

Como si fuera un hogar.

Y tal vez lo era.

Eso fue lo que más la destruyó.

Daniel no solo había tenido una aventura.

No solo había cometido un error.

Había construido un hogar.

Otro hogar.

Elena dio un paso.

Luego otro.

Se quedó frente a la puerta del 4B con la respiración atrapada en el pecho.

Desde dentro llegó una risa infantil.

Alta.

Limpia.

Inocente.

Elena cerró los ojos.

Por un segundo, casi pudo imaginar que era Sofía cuando tenía cuatro años.

Pero no.

No era la risa de su hija.

Era la risa de un niño que Daniel también llamaba hijo.

Se oyó un pequeño golpe.

Algo rodando por el piso.

Después una voz aguda.

— Mamá, se fue debajo de la mesa!

Elena abrió los ojos.

La voz la atravesó como un cuchillo.

Mateo.

Tenía que ser Mateo.

Otra voz respondió.

De mujer.

Suave.

Cansada.

— Ya la vi, amor. Espera.

No era una voz sensual.

No sonaba como la de una villana en una película barata.

Sonaba como la voz de una madre después de una mañana larga.

Eso, de algún modo, lo empeoró todo.

Elena retrocedió un paso.

Quería irse.

De verdad quería hacerlo.

Pero en ese momento la puerta se abrió unos centímetros.

No del todo.

Solo lo suficiente para que una bolsa de basura apareciera primero.

Una mano femenina la empujó hacia afuera, dejándola junto al marco.

La puerta volvió a quedar mal cerrada.

Entornada.

Elena se quedó inmóvil.

No respiró.

No pensó.

Solo miró.

Desde el pequeño hueco de la puerta vio parte de la sala.

Un sofá color crema.

Juguetes esparcidos en la alfombra.

Un dinosaurio de plástico.

Un camión rojo.

Un cojín con manchas de jugo.

Sobre la pared, dibujos infantiles pegados con imanes.

Sobre la mesa de centro, una taza de café a medio terminar.

Y en el suelo, sentado con las piernas cruzadas, un niño de cabello oscuro intentaba alcanzar una pelota debajo de una silla.

Mateo.

No necesitó que nadie se lo dijera.

Elena lo supo.

Porque lo había visto en la foto.

Porque llevaba el mismo gesto serio de Daniel cuando se concentraba.

Porque al levantar la cabeza, por un segundo, Elena vio esos ojos.

Oscuros.

Profundos.

Demasiado familiares.

El aire desapareció del pasillo.

Elena apoyó una mano en la pared para no caer.

Entonces apareció ella.

Valentina.

No era como Elena la había imaginado.

No tenía vestido ajustado.

No tenía maquillaje impecable.

No parecía una mujer saliendo de una fantasía masculina.

Llevaba leggings negros.

Una camiseta blanca amplia.

El cabello rubio recogido en un moño torpe.

Había ojeras bajo sus ojos.

Y una expresión agotada en el rostro.

La expresión de alguien que llevaba sola demasiado tiempo.

Se agachó junto al niño.

Metió la mano debajo de la silla y sacó la pelota.

— Aquí está.

Mateo sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Daniel tenía esa misma sonrisa cuando veía a Sofía abrir sus regalos.

Elena sintió náuseas.

Valentina le acomodó el flequillo al niño.

— No corras cerca de la mesa, ¿sí? Te vas a golpear.

— Sí, mami.

Mami.

La palabra flotó en el aire.

Simple.

Natural.

Real.

Todo en ese apartamento era real.

Demasiado real.

Entonces Elena lo vio.

Sobre una repisa, junto a un marco azul y una planta pequeña.

Una fotografía.

Daniel.

No había duda.

Era Daniel.

Sonriendo.

Con Mateo en brazos.

En una playa.

La misma camisa celeste que Elena recordaba de un supuesto viaje de negocios a Veracruz hacía casi dos años.

El mismo viaje por el que le llevó a Sofía una concha marina y a Elena una pulsera barata del aeropuerto.

No había sido un viaje de negocios.

Había sido esto.

Esa foto.

Esa playa.

Ese niño.

Mateo levantó la pelota y luego señaló la repisa.

Directo a la fotografía.

— ¿Papá viene hoy?

Elena dejó de sentir el cuerpo.

Todo se volvió blanco.

Silencioso.

Lejano.

Valentina no respondió enseguida.

Sus hombros bajaron apenas.

Como si estuviera cansada de la pregunta.

Como si la hubiera escuchado demasiadas veces.

— Eso dijo anoche — contestó, obligando una sonrisa —. Tal vez venga después de comer.

Mateo hizo un puchero.

— Siempre dice eso.

Elena sintió que algo dentro de ella se desgarraba.

No solo por la traición.

No solo por Daniel.

Sino por esa frase.

Siempre dice eso.

Daniel no solo mentía en una casa.

Mentía en dos.

Prometía en dos.

Fallaba en dos.

Había dividido su ausencia.

Había repartido su mentira como si el amor pudiera duplicarse sin pudrirse.

Mateo siguió mirando la foto.

— Le voy a enseñar mi dibujo.

— Se lo enseñas cuando llegue, cielo.

— ¿Y si no llega?

Valentina tragó saliva.

No respondió de inmediato.

Luego le besó la frente.

— Entonces se lo enseñas mañana.

Elena no pudo seguir escuchando.

Retrocedió.

Una vez.

Dos veces.

Su espalda chocó con la pared del pasillo.

Tuvo que llevarse una mano a la boca.

La otra seguía apoyada en el yeso frío.

Sus uñas raspaban la pintura.

Sal de aquí.

La orden surgió en su cabeza con violencia.

Ahora.

Giró.

Bajó las escaleras casi corriendo.

Un escalón.

Otro.

Otro más.

A mitad del tercer piso, las lágrimas comenzaron a caer.

No silenciosas.

No elegantes.

Le nublaron la vista.

Tuvo que sujetarse del barandal para no caer.

Segundo piso.

Su respiración era un animal herido.

Primer piso.

El estómago se le revolvió.

Cuando salió a la calle, el aire no la salvó.

El aire tampoco alcanzaba.

Doblando la esquina del edificio encontró un callejón estrecho entre Los Álamos y una papelería cerrada.

Ahí se quebró.

Se inclinó hacia adelante.

Y vomitó.

No fue delicado.

No fue cinematográfico.

Fue brutal.

Violento.

Humillante.

El cuerpo expulsando lo que el alma todavía no podía procesar.

Después se quedó apoyada contra la pared de ladrillo.

Temblando.

Con lágrimas en la cara.

Con un sabor amargo en la boca.

Con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido.

Daniel tenía otro hijo.

Daniel pagaba otro apartamento.

Daniel tenía otra familia.

No una fantasía.

No un rumor.

No una sospecha.

Una familia.

Con juguetes en la alfombra.

Con dibujos en la pared.

Con una mujer que esperaba.

Con un niño que señalaba su foto y preguntaba por él.

Elena se deslizó hasta quedar casi sentada en el suelo.

Sus rodillas no podían sostenerla.

Recordó el dibujo pegado en la pared del pasillo.

Tres figuras tomadas de la mano.

La del centro más alta.

Una familia.

Otra familia.

Pensó en Sofía.

En su manta de mariposas.

En su bicicleta nueva.

En la forma en que esa mañana había preguntado:

— ¿Papá me lleva al parque después?

Elena había dicho que sí.

Porque todavía no sabía cómo empezar a romperle el mundo a su hija.

Su teléfono vibró dentro del bolsillo de su chaqueta.

Una vez.

Otra.

Otra más.

Elena tardó unos segundos en reaccionar.

Sacó el móvil con dedos entumecidos.

La pantalla estaba empañada por sus lágrimas.

Parpadeó.

Enfocó.

Y dejó de respirar.

Daniel

Llamada entrante.

Elena se quedó mirando el nombre.

El corazón le golpeaba tan fuerte que creyó que iba a desmayarse.

Podía rechazar la llamada.

Podía dejar que sonara.

Podía apagar el teléfono.

Podía hacer cualquier cosa.

Pero su dedo tembló.

Y aceptó.

Se llevó el móvil al oído.

No dijo nada.

Solo respiró.

Del otro lado hubo un breve silencio.

Luego la voz de Daniel.

Cálida.

Familiar.

Ignorante del incendio que acababa de provocar.

— ¿Dónde estás, mi amor?

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