A las ocho y cuatro de la mañana, Elena ya estaba vestida.
No elegante.
No fuerte.
Solo lista.
Lista con el cuerpo cansado, la libreta azul en el bolso, la copia del mensaje de las dos sillas infantiles impresa tres veces y una certeza dura en el pecho:
Daniel ya no estaba en la zona gris.
Ya no.
Los niños seguían dormidos dentro del túnel de sábanas.
Sofía tenía una mano extendida hacia Mateo sin llegar a tocarlo del todo.
Mateo dormía con la estrella azul apretada dentro del puño cerrado.
Ele