La casa despertó antes que los adultos.
No por ruido.
Por costumbre nueva.
Por esa manera en que los niños, incluso heridos, empiezan a inventar rutinas donde pueden.
Cuando Elena bajó a la cocina, Sofía ya estaba sentada en el suelo del salón con la caja morada abierta.
Mateo, a su lado, clasificaba estrellas de papel en dos montoncitos:
las “que raspan”
y las “que sí sirven”.
El gato dormía en medio como si hubiese sido elegido ministro de vigilancia sin haber firmado nada.
—Buenos días —di