La mañana empezó con silencio.
No uno malo.
Todavía no.
Uno de esos silencios frágiles en los que una casa prestada intenta parecer hogar.
Sofía y Mateo estaban en el suelo del salón.
Cada uno con una tira de lana azul.
Intentaban hacer “pulseras de hermanos”.
La idea había sido de Sofía.
Por supuesto.
—No aprietes tanto —dijo ella, frunciendo el ceño—. Si la amarras así, corta.
Mateo la miró con gravedad.
—No corta. Abraza fuerte.
Lucía, desde la cocina, levantó la cabeza.
—Esa frase me da ter