El golpe no llegó con amenazas.
Llegó con lágrimas.
A las nueve y trece de la mañana, mientras Elena doblaba ropa pequeña en el departamento de Narvarte y Sofía le enseñaba a Mateo cómo esconder estrellas dentro de una funda de almohada “por si un día hace falta”, el teléfono de Lucía vibró sobre la mesa.
No era Daniel.
No era el abogado.
No era la escuela.
Era un video reenviado.
Sin texto.
Solo el archivo.
Lucía lo abrió primero.
Y el color se le fue de la cara.
—No.
Elena levantó la vista de