El paquete no entró.
Pero se quedó.
No en el pasillo.
No en la puerta.
Se quedó en la cabeza de los niños.
Y eso, Elena lo entendió demasiado tarde.
Sofía fue la primera en ponerlo en palabras.
Lo hizo a media mañana, sentada en el suelo del salón con la caja morada abierta entre las piernas y una estrella azul torcida apoyada en la rodilla.
Mateo estaba a su lado, construyendo una “casa para cosas que no se pierden” con dos cajas de zapatos y cinta adhesiva.
Lucía regaba una planta en la venta