El departamento de Narvarte olía a polvo viejo, pintura seca y sábanas guardadas.
No era hogar.
No todavía.
Pero tenía tres cosas que esa noche importaban más que cualquier otra:
puerta cerrada,
ventanas altas,
y una dirección que Daniel no conocía.
O al menos eso querían creer.
Sofía fue la primera en apropiarse del lugar.
No con entusiasmo.
Con método.
Puso dos estrellas en la ventana del cuarto.
Una en la puerta del baño.
Y otra en el respaldo de la silla donde Mateo había dejado su dinosaur