Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena no durmió.
Ni un minuto. Ni un segundo. Permaneció inmóvil horas enteras, con los ojos abiertos en medio de la oscuridad, escuchando la respiración tranquila de Daniel a su lado. Cada inhalación suya sonaba como un insulto. Cada exhalación, como una mentira dicha en voz baja. Mateo. Valentina. —Necesita a su papá —resonaba una y otra vez. Las palabras giraban en su mente como un carrusel roto, incapaz de detenerse. A las cinco de la madrugada, el cielo empezó a clarear. Elena se levantó sin hacer el menor ruido. Sus pies tocaron el suelo frío. No sintió nada. Ni el frío, ni el cansancio, ni ese dolor que sabía que llegaría después. Solo percibía un vacío inmenso, justo donde antes había estado toda su vida. Bajó las escaleras. La casa permanecía en silencio absoluto. Los restos de la fiesta seguían por todas partes: un globo desinflado sobre el sofá, confeti rosa acumulado en las esquinas, el cartel que decía «Felices 7 años», pintado con tanto esmero por Sofía. Ayer, esos detalles le habrían arrancado una sonrisa. Hoy le parecían reliquias de una existencia distinta. De otra Elena. Una Elena que ya no existía. Se sentó en el sofá de la sala. Sacó el teléfono. Los dedos le temblaron al rozar la pantalla. —No lo hagas —le advirtió una voz interior—. Si no lo buscas, puedes fingir que nada de esto es real. Pero Elena ya había cruzado ese límite. Ya había leído los mensajes. Ya conocía el nombre. Valentina. Ahora solo le faltaba ponerle un rostro. Abrió I*******m. Escribió: Valentina Torres. Era el mismo nombre que Daniel había dejado escrito en ese chat. El de la mujer que le enviaba mensajes a su esposo a las nueve de la noche, preguntando por su hijo. Aparecieron cientos de resultados. Los revisó uno tras otro. Sus ojos recorrían cada foto, cada perfil, buscando cualquier detalle que conectara a alguna de esas mujeres con Daniel. Nada. Nada. Nada. Y entonces… se detuvo. El perfil estaba configurado como privado. Solo mostraba una fotografía pequeña: una mujer joven de cabello rubio que sonreía a la cámara, con un niño pequeño abrazado a su pecho. @vale.torres.m «Mamá de Mateo. Viviendo un día a la vez». Elena amplió la imagen. El niño parecía tener unos cuatro años. Cabello oscuro. Mejillas redondeadas. Y unos ojos que ella reconocía mejor que los suyos propios. Eran idénticos a los que veía cada mañana al mirar a Sofía. Eran los ojos de Daniel. El teléfono se le resbaló de entre los dedos. Cayó sobre el cojín con un golpe sordo. Elena se llevó ambas manos a la boca. No para ahogar un grito. Sino para retener el gemido que subía por su garganta y evitar que despertara a toda la casa. Es real. Es real. Es real. No supo cuánto tiempo permaneció inmóvil así. ¿Minutos? ¿Una hora entera? El tiempo había dejado de tener sentido. Ya solo existía esa foto. Ese niño. Esos ojos. Entonces escuchó pasos sobre la escalera. Se pasó el dorso de la mano por la cara —aunque todavía no había lágrimas— y guardó el aparato en el bolsillo de su bata. Daniel entró en la sala. Llevaba su camiseta vieja de dormir y tenía el cabello revuelto. Bostezó con calma. —Madrugaste —dijo mientras caminaba hacia la cocina—. ¿No pudiste descansar? Elena lo miró. Lo observó de verdad, quizás por primera vez en años. ¿Cómo era posible que pareciera todo tan normal? ¿Cómo podía bostezar, estirarse y dirigirse a la cafetera como si nada hubiera ocurrido, como si el mundo no se hubiera partido en dos? —No —respondió ella con voz firme—. No pude dormir. —Seguro es el agotamiento por la fiesta —comentó Daniel mientras sacaba dos tazas del armario—. Siempre te pasa lo mismo tras organizar algo grande. ¿Quieres café? —Sí. Mírame, pensó Elena. Mírame a los ojos y dime que no tienes otro hijo. Mírame y miente directamente a mi cara. Pero Daniel no la miró. Estaba ocupado midiendo la cantidad de café, ajustando la máquina y tarareando una melodía que ella no reconoció. Era la rutina perfecta de un hombre sin remordimientos. O quizás la actuación impecable de un mentiroso consumado. —¿Tienes algo planeado para hoy? —preguntó Elena. Su propia voz le sonó extrañamente serena. Hasta ella misma se sorprendió. —Debo pasar un par de horas en la oficina —explicó él—. Pero después quedo libre. Pensaba llevar a Sofía para que estrene su bicicleta nueva. —¿A la oficina? —Sí. Hay unos documentos importantes que necesito revisar. Mentira. Elena lo supo con esa certeza absoluta que solo tienen las esposas traicionadas. No iba a trabajar. Iba a ver a Mateo. —Dile que mañana paso a verlo —recordó ella. —Eso ya lo dijiste la semana pasada, Daniel. —Esta vez sí. Mañana temprano sin falta. Aquel «mañana» era hoy. Y hoy, Daniel iría a visitar a su otro hijo. —Está bien —se limitó a contestar Elena. Dos palabras sencillas. Dos palabras que le costaron más que cualquier otra cosa que hubiera dicho en toda su vida. Daniel le sirvió la bebida caliente. Se acercó y le dio un beso en la frente. —Te notas muy cansada, mi amor. Deberías aprovechar para descansar mientras Sofía sigue durmiendo. Mi amor. Esas palabras que antes le daban seguridad, ahora le quemaban la piel al escucharlas. —Lo haré —mintió ella. Era la primera mentira que le decía a Daniel en diez años de matrimonio. Y sabía que no sería la última. Daniel se duchó, se vistió y salió de casa a las ocho de la mañana. —¡Vuelvo para el mediodía! —gritó desde la puerta antes de cerrarla. El motor del coche arrancó y poco a poco el sonido se perdió calle abajo. Elena quedó sola con el silencio de la casa. No lo pensó mucho tiempo. No lo planeó con detalle. Simplemente actuó. Subió corriendo las escaleras y se puso lo primero que encontró: unos vaqueros, una blusa gris y zapatillas cómodas. Dejó una nota sobre la mesa para Sofía: «Salí a comprar pan. Regreso pronto. Te quiero mucho». La colocó junto a un vaso de leche y unas galletas. Y salió también. Al principio parecía no saber hacia dónde ir. Pero eso también era una mentira. Lo sabía perfectamente. Lo venía sabiendo desde hacía horas. Desde el instante en que vio aquella foto, comprendió que no podría quedarse quieta esperando. Tenía necesidad de verlo todo con sus propios ojos. De confirmar la verdad. De convertir ese dolor difuso en algo real y tangible. Porque solo así podría decidir qué camino tomar. Abrió la aplicación de mapas en el teléfono. Escribió: Valentina Torres. No apareció ninguna información útil. Entonces recordó algo que había olvidado hacía meses. Los estados de cuenta bancarios. Hace un tiempo, vio un cargo extraño en la cuenta compartida: un pago mensual a nombre de alguien que no conocía. Cuando le preguntó a Daniel, él respondió sin dudar que correspondía a una póliza de seguro. En aquel momento le creyó sin dudar. Por supuesto que le creyó. Qué ingenua fui, se dijo a sí misma. Qué tonta, tonta, tonta. Entró al despacho de Daniel. Su computadora estaba apagada, pero Elena conocía la contraseña. Era la misma de siempre: la fecha de nacimiento de Sofía. 07-11. El hombre nunca había tenido mucha imaginación para inventar claves seguras. Al parecer, tampoco para crear mentiras complejas. El equipo se encendió. Elena abrió su bandeja de correo electrónico. Le temblaban tanto las manos que tuvo que intentarlo tres veces antes de lograr hacer clic en el buscador. Escribió la palabra: Valentina. Ningún resultado. Probó con: Apartamento. Diecisiete coincidencias. La mayoría eran mensajes laborales, avisos de propiedades en venta o comunicaciones con clientes. Pero uno destacaba entre todos los demás. Asunto: Renovación de contrato – Apto. 4B, Edificio Los Álamos Lo abrió con rapidez. Estaba fechado hacía seis meses: un mensaje de la agencia inmobiliaria confirmando la renovación del alquiler. El contrato figuraba a nombre de Daniel Castillo. Dirección: Calle Primavera n.º 247, Edificio Los Álamos, Apartamento 4B. Calle Primavera. Elena jamás había escuchado mencionar esa dirección. Sin embargo, Daniel pagaba puntualmente el alquiler de ese lugar cada mes. Al revisar mensajes anteriores, descubrió que lo hacía desde hacía… cuatro años. Cuatro años. La misma edad que tenía Mateo. Cerró la computadora de golpe. Se quedó sentada frente al escritorio, mirando fijamente la pared de enfrente. Estaba llena de fotografías. Su día de boda. El nacimiento de Sofía. Vacaciones en la playa. Celebraciones de Navidad en familia. Diez años de recuerdos aparentemente felices. Diez años construidos sobre una red de engaños. ¿Cuáles de esos momentos habían sido verdaderos? ¿Existía alguno que no fuera falso? De pronto, el teléfono vibró en su mano. Era un mensaje de Sofía. «Mami, ¿dónde estás? Ya quiero salir a probar mi bicicleta nueva». Al leerlo, los ojos de Elena se llenaron de lágrimas por primera vez desde la noche anterior. No lloraba por su propio dolor. Lloraba pensando en Sofía. En esa niña inocente que no tenía ni la menor idea de que su mundo perfecto estaba a punto de derrumbarse por completo. «Ya voy, mi vida», escribió de vuelta. «Prepárate bien, que salimos en una hora». Guardó el aparato y secó las lágrimas con la manga. Ya tenía tomada la decisión. No enfrentaría a Daniel todavía. Aún no era el momento. Antes de todo, necesitaba ver la realidad cara a cara. Tenía que ir personalmente a esa dirección. Calle Primavera 247. Edificio Los Álamos. Apartamento número 4B. Quería ver a la mujer que compartía la vida y el cariño de su esposo. Y al niño que llevaba la misma sangre que su propia hija. Únicamente después de comprobarlo todo, decidiría qué hacer. Si luchar por lo que era suyo. Si huir para siempre. Si intentar, de alguna forma imposible, perdonar. O si elegía destruir hasta el último rastro de todo lo que Daniel había levantado sobre mentiras. Pero primero, necesitaba la verdad entera. Sin dejar nada fuera. Aunque esa misma verdad terminara destruyéndola a ella misma.






