El teléfono siguió sonando.
Una vez.
Luego otra.
Luego una tercera.
Daniel.
La pantalla vibraba sobre la mesa del comedor mientras Sofía, sentada en el piso con sus crayones, intentaba dibujarle una capa azul al gato de Lucía.
Elena no se movió.
No porque no supiera qué hacer.
Sino porque ya estaba cansada de que cada sonido de ese nombre arruinara el aire de la casa.
—¿Es papá? —preguntó Sofía sin levantar la vista del dibujo.
Elena tragó saliva.
—Sí.
—¿Vas a contestar?
Lucía y Elena se miraro