Cuando Elena volvió a la casa de Lucía después del juzgado, Sofía estaba sentada en el suelo del salón con el dibujo de su “otra abuela artista” sobre las piernas.
El gato seguía dentro de la fortaleza de cojines.
Dormido.
Indiferente.
Como si la guerra de los adultos no mereciera ni un movimiento de bigotes.
Sofía levantó la vista apenas entró.
No preguntó por la jueza.
No preguntó por Daniel.
Preguntó lo que a ella le importaba de verdad.
—¿Mi otra abuela estaba triste o era fuerte?
Elena se