El mensaje seguía abierto en la pantalla.
No sé qué crees que encontraste en tu celular, pero tengo algo mejor.
Si sigues ensuciándome, hoy mismo se enterará Sofía de cómo murió tu madre.
Elena no apartaba la vista.
No porque necesitara releerlo.
Sino porque todavía no entendía cómo una sola persona podía encontrar otra forma de tocar lo sagrado y volverlo arma.
Sofía seguía abrazada a su cintura.
Pequeña.
Caliente.
Vulnerable.
—¿Mami?
La voz de la niña sonó más bajita esta vez.
Más asustada.