A las tres y cuarenta y dos de la tarde, Elena dejó de mirar el reloj.
No porque estuviera tranquila.
Sino porque cada vez que lo hacía sentía que el aire se volvía más delgado dentro de la casa.
Lucía estaba en la cocina picando manzana en cubos pequeños.
Sin música.
Sin televisión.
Sin nada que distrajera el sonido de la espera.
Sofía, en el piso de la sala, coloreaba en silencio.
El conejo a un lado.
La libreta abierta sobre las rodillas.
Y el dibujo de los dos niños guardado ya dentro de la