A las cuatro y media de la tarde, la casa de Lucía olía a té de canela y papel viejo.
Elena tenía el sobre crema de su madre sobre la mesa del comedor.
Sin abrir.
A su lado estaban la carpeta azul del colegio, la solicitud del despacho de Daniel y la libreta roja.
Todo el mapa de su presente rodeando una sola cosa pequeña del pasado.
Para Elena, cuando pueda leerme sin miedo.
Lo había llevado en el bolso todo el camino de regreso como si cargara un animal dormido que podía morder al despertar.