La mañana después de la carta de su madre tuvo un peso distinto.
No más ligero.
Solo más nítido.
Elena se despertó con la frase todavía latiéndole adentro.
El amor no encoge.
Acompaña.
Se quedó acostada un momento, mirando el techo del cuarto de huéspedes, sintiendo el calor pequeño del cuerpo de Sofía a su lado y el sobre crema bajo la almohada.
Ya no estaba solo defendiendo a su hija.
También estaba defendiendo la memoria de la mujer que la había enseñado a no pintarse chiquita.
Sofía despe