Marcela había aprendido a vivir con el silencio.
En su antigua vida —la de mercenarios, rescates en zonas de guerra y contratos que olían a pólvora y traición—, el silencio era un aliado: significaba que nadie te había detectado, que el enemigo aún no sabía que estabas allí. Pero en la mansión Harrington, el silencio era un enemigo cruel. Era el eco de pasos que no se acercaban, de puertas que se cerraban sin un "buenas noches", de noches en que la cama king size se sentía como un océano helad