Marcela había aprendido a vivir con el silencio.
En su antigua vida —la de mercenarios, rescates en zonas de guerra y contratos que olían a pólvora y traición—, el silencio era un aliado: significaba que nadie te había detectado, que el enemigo aún no sabía que estabas allí. Pero en la mansión Harrington, el silencio era un enemigo cruel. Era el eco de pasos que no se acercaban, de puertas que se cerraban sin un "buenas noches", de noches en que la cama king size se sentía como un océano helado entre ella y Gael.
Desde la propuesta pública —esa farsa fría en el desayuno, con el anillo deslizándose en su dedo como una cadena disfrazada de diamante—, él la había tratado con una cortesía distante que dolía más que cualquier grito. Desayunos donde hablaba del clima o de la clínica, cenas donde sus ojos se perdían en el plato como si ella no existiera, noches donde se acostaba de espaldas, su respiración uniforme un muro que no invitaba a cruzarlo. Marcela sentía la ignorancia como un ven