La mansión Harrington olía a té y a la cera de abeja que los criados usaban para pulir los muebles antiguos cada viernes. Lady Eleanor había decidido que la habitación aún vacía salvo por la cuna milanesa que acababa de llegar— necesitaba “un toque personal”.
Y cuando Lady Eleanor decidía algo, el mundo se alineaba.
—Marcela, querida —dijo esa mañana durante el desayuno, con la misma voz que usaba para anunciar subastas de Christie’s—, hoy iremos a Belgravia. Hay una tienda preciosa en Elizabe