El sol que se alza sobre el nuevo mundo no tiene el brillo agresivo de las líneas temporales anteriores.
Es una luz suave, casi maternal, que acaricia las colinas verdes que ahora rodean la Torre del Génesis. Sebastián camina hacia el balcón de la torre, sintiendo por primera vez el peso real de la gravedad sobre sus hombros.
Ya no hay una inteligencia artificial analizando su entorno, ni una reserva de energía ámbar reparando sus células.
Es un hombre de carne y hueso, y esa vulnerabilidad