El cronómetro marcaba 02:45. El viento en la cima de la Space Needle rugía como una bestia herida, agitando la plataforma de observación donde el destino de la especie humana pendía de un hilo de fibra óptica.
El aire estaba tan saturado de estática que pequeños rayos azules saltaban entre los dedos de Mateo y el metal de la cápsula criogénica.
Dentro del cristal, sumergido en un fluido azul pálido, Sebastián Miller parecía estar durmiendo.
Su rostro estaba sereno, pero una red de electrodos