La lluvia que caía sobre la plataforma de la Space Needle no era agua pura; estaba mezclada con cenizas de silicio y restos de los Serafines destruidos.
Mateo seguía arrodillado, sosteniendo el cuerpo inerte de su padre. El brazo plateado del muchacho, antes una fuente de poder divino, ahora era solo una prótesis de metal frío, gris y sin vida.
El sacrificio de Sebastián Miller había apagado a Némesis en la Costa Oeste, pero el silencio que siguió no trajo paz.
¡Mateo! ¡Tenemos que movernos!