El silencio del Cinturón de Kuiper no era una ausencia de sonido, sino una presión física que amenazaba con aplastar los pulmones de Valeria Miller.
Dentro de la pequeña balsa de hielo, un fragmento residual de la corteza de Europa que había mantenido una burbuja de oxígeno por pura inercia cuántica, el tiempo parecía haberse detenido.
Valeria respiraba con dificultad, sintiendo cada centímetro de su piel.
Ya no había circuitos zumbando bajo su epidermis, ni el flujo constante de datos que l