El rugido del metal desgarrado bajo la presión de los Observadores era un lamento que vibraba en el núcleo de la Estación Europa.
Valeria Miller, herida y con su forma plateada parpadeando como una lámpara a punto de fundirse, se aferraba al disco del Silencio Final.
Frente a ella, la proyección física de Mateo guardaba un silencio sepulcral, su figura bañada por la luz púrpura del agujero de gusano que devoraba el horizonte de Júpiter.
Fuera de las ventanas reforzadas, la mano gigante de lo