La atmósfera dentro del Obelisco del Primer Silencio era densa, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Valeria Miller se erizara.
El suelo, un cristal negro perfectamente pulido, devolvía un reflejo distorsionado de su figura demacrada y cubierta de harapos.
Frente a ella, la Valeria de Oro permanecía inmóvil, una visión de simetría divina y poder absoluto.
Su armadura no parecía estar hecha de metal, sino de luz sólida, y sus ojos emitían un fulgor dora