El aire en la costa sur de Francia no olía a sal, sino a óxido y ozono. El grupo, liderado por una Valeria cuya mirada se volvía más gélida con cada kilómetro, llegó a las colinas que dominaban los antiguos astilleros de Marsella.
Abajo, lo que una vez fue el puerto más vibrante del Mediterráneo era ahora un laberinto de grúas esqueléticas y barcos hundidos que asomaban sus cascos como ballenas muertas de acero.
Némesis ha establecido una red de boyas de sonar explicó Ricardo, ajustando un vis