El Aquila vibraba con un zumbido sordo mientras cruzaba las Columnas de Hércules hacia el Atlántico abierto.
Dentro del sumergible, el aire olía a aceite rancio y sudor frío.
La luz roja de emergencia bañaba los rostros de Valeria, Mateo y los supervivientes de la Resistencia Gris, dándoles un aspecto de espectros atrapados en una tumba de hierro.
Ricardo, sudando frente a los monitores analógicos, no apartaba la vista de la pantalla del sonar. Estamos a seiscientos metros de profundidad.
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