El rugido de los motores de la Guardia de Hierro apenas podía competir con el zumbido ominoso que crecía a sus espaldas.
En el horizonte, lo que parecía una tormenta de arena negra era en realidad el Enjambre Devorador, una nube de billones de nanobots que consumía todo a su paso: árboles, rocas y cualquier rastro de tecnología antigua.
El convoy volaba por la carretera estatal, dirigiéndose hacia la única salida lógica hacia el norte: el Puente de los Dioses, sobre el majestuoso río Columbia