El cielo ámbar de la Tierra no se rompió con un estruendo, sino con un susurro que heló la sangre de cada ser vivo en el planeta.
Valeria Miller, tendida sobre el suelo de obsidiana de la torre, observó cómo las nubes se disolvían no ante la luz, sino ante una oscuridad tan absoluta que parecía devorar la propia idea de la existencia.
Los Devoradores de Vacío no eran naves, ni soldados, ni máquinas.
Eran grietas vivientes en la realidad, sombras colosales que no tenían forma fija, solo una volu