Sebastián de la Cruz estaba sentado en su despacho, rodeado de una oscuridad que parecía tragarse la poca cordura que le quedaba. Sobre su escritorio, la fotografía anónima brillaba bajo la luz de la lámpara. En la imagen, Isabella, su futura esposa, entregaba un sobre lleno de dinero al hombre que destruyó su matrimonio hace cinco años.
La puerta se abrió de golpe. Isabella entró, luciendo un vestido de encaje rosa, con una sonrisa fingida que ya no lograba engañar a nadie.
Sebastián, querido,