El coche negro se desplazaba por las calles de Madrid con una suavidad que contrastaba con la tormenta eléctrica que aún rabiaba en el interior del cráneo de Valeria Miller.
Aunque sus ojos estaban abiertos y fijos en el perfil de su hijo Leo, que dormía profundamente a su lado, una parte de su conciencia seguía encadenada a los restos humeantes del Nexo.
El sistema D.A.V.I.D. no se estaba rindiendo sin luchar; como un parásito que se niega a soltar a su anfitrión, el algoritmo estaba lanzand